agosto 31, 2009

Cuentistas Anónimos


"Escribo para evitar que al miedo
a la muerte se agregue el miedo
a la vida "
Augusto Roa Bastos
Paraguay

Naturaleza muerta




El día se desvanece en los relojes…La calle mojada refleja destellos. Un auto pasa lentamente. Otro auto, un bus, un camión, otro auto, en lenta procesión chisporroteando el asfalto mojado. La oscuridad se cierne sobre la tarde.

Ahora llueve. En lo alto del cielo rugen las masas de nubes oscuras, anunciando que continuará lloviendo toda la tarde y tal vez durante toda una vida que agoniza en silencio.

La poca gente que transita por la desierta calle se pega a las paredes de los edificios, con los brazos cruzados sobre el pecho, encorvados y presurosos los que no llevan paraguas. De igual modo, los que llevan paraguas o impermeable se ven como caricaturas fantasmales, desdibujados en el torrencial aguacero que crece por minutos.

Por momentos, la calle se ve abandonada. A través del cristal de mi ventana de agua, los edificios parecen temblar de frío o danzar en el húmedo ritual del oscuro mediodía. Cae una lluvia fría y total. El agua se cuela por las hendiduras del marco de la vieja ventana y de los poros de la piel.

En la detonación de un relámpago o un revólver, el alma se me escapa. Este es un día de recogimiento y determinación. Ahora no sé cómo ni por qué me encuentro afuera, entre las nubes, viendo desde afuera mi ventana, en este eterno mediodía gris. Por mi mente desfilan innumerable frases críticas, tecnicismos, innumerables ismos y argumentaciones académicas que me empujan a todos lados en la confusión de mi flotar en el aire y en el agua que no cesa...

No sé en qué siglo hablé por primera vez. Desconozco mi primera pincelada, el primer cuaderno, el muro o la primera tela, pero veo mis cuadros repetidos en galerías y museos. Leo mi nombre y el nombre de mis cuadros en las páginas de periódicos gastados y polvorientos. Estoy ahí, en el estudio habitación, pero no veo a nadie más. Mi cuerpo yace en el sillón, frente a la ventana... En la calle, y en todas partes, sigue lloviendo.

Fui un pintor prolífico, indudablemente. Esta lluvia que resbala incesante en el cristal de mi ventana, me recuerda conocidas escenas impresionistas. El paisaje se desdibuja y ablanda en los trazos, la forma pierde los contornos para fundirse en la impresión del corazón. Con el paso de las horas, el ambiente adquiere nuevos colores; es como si cada elemento tuviera personalidad que cambia con el movimiento, la intensidad de luz, la fuerza del trazo o del dolor.

En el solitario estudio habitación busco la figura de alguien que se fue, quién sabe cuándo. Cerca de la ventana de agua, sobre el caballete, abandonado a las arañas, el bastidor de una pintura a medias: no se distingue si el cielo es claro o nublado, sólo las tímidas manchas blancas con los pálidos azules, al centro un camino que serpentea el campo, una carreta sin bestia, algunos árboles aún sin ramas ni follaje y el trazo detenido…

Allá afuera, sólo agua. Agua en el cristal y en mis huesos ya fríos e inmóviles. Huele a agua. Un frío húmedo se cuela por la nariz y se apodera de mi interior hasta las entrañas, de la sangre detenida, de la piel del cuerpo de un hombre pintor que está sentado en un sillón, con sus brazos colgados a los lados, la cabeza a un lado, los ojos cerrados, frente a la ventana de agua que refleja, aun en su transparencia, un rostro con la sien herida.

Ahora despierto y recuerdo, con sorpresa, tantas cosas: no tengo más que este estudio habitación, algunos libros y cuadros, un reloj de arena que me regaló un discípulo agradecido, el caballete vestido de telarañas, la puerta del baño y al lado de ésta el pequeño gabinete de la cocina, la cama, mi ropa en el armario y montones de bastidores en blanco, pinceles de todos los tamaños y tubos de pintura. Recobro por segundos la conciencia para mirar ya sin sorpresas, mi cadáver sentado en el sillón negro, en la eterna tranquilidad de una tarde de agua que se suicida en la tierra de un estrecho camino que serpentea el campo bajo una tupida telaraña cubierta, como todo, con polvo del aire como la tristeza inmóvil de una naturaleza muerta.

Foto: http://geekdigital.files.wordpress.com/2008/12/reloj-clasico.jpg


La última parada


José los vio acercarse a la parada, como si nada. Los dejó pasar. Como siempre escogerían los asientos traseros, para observar el pasillo con vista privilegiada. José estaba conciente del plan, ya se había hablado, de la manera más secreta, entre la asociación de conductores y miembros claves en la comunidad. Que él fuera el sujeto de experimentación no lo había considerado, sin embargo no había vuelta atrás. Remordimientos, angustias morales, podían ser superadas con el tiempo. Las personas en el autobús conocían el mencionado, pero igual se asustaron al ver la cercanía de las próximas victimas. El conductor las calmó con una salsa de esas que todos conocen, que se miran unos a otros, recordando reuniones, bodas, y sonríen. Como una señal se entendió. Dejó que entraran para ese último paseo.
El conductor le dió el arma a su copiloto. Manuel se levantó de su asiento, simulando recoger los pasajes de los atentos, hasta llegar a los últimos, a quienes amenazó con la pistola. Propinó tres golpes certeros a la cabeza de cada uno, justo para que se desmayaran. Ya este autobús no tiene más paradas, bájense los que no quieran participar. La mayoría de los pasajeros bajaron del bus, atemorizados algunos, otros alegres. Pocos se quedaron, una señora mayor, José y Manuel, una pareja joven, un muchacho de 22 años, y los tres niños, ya alojados en la cocina del transporte. Es verdad, ya no habrían más paradas, de las legales, pero José si pararía en algunas casas a buscar a personas que por llamadas o mensajes manifestaron interés por ser participe dentro de la acción.
Las pertenencias están olvidadas, perdidas y vendidas con seguridad. Cambiadas por cualquier tipo de droga o beneficio oscuro en sus cortas vidas. Volver a ellas no es lo que se pretendía. Carteras, celulares, sexo a la fuerza, entre otros, ya están superados. La misma comunidad ha sido colaboradora en estos casos. Pero por fin ha llegado el momento esperado, la venganza.
El rosario colgando el retrovisor, las calcomanías religiosas colocadas una tras otra y las estampitas, buscando esa protección invisible que nunca había llegado. Lo espiritual de nuevo paso al fondo, cubriéndose por lo terrenal, el deseo de acabar con un malestar, sin importar a quienes arrastren por el camino.
“Son sólo unos niños”, exclamó una de las pasajeras que se monto en el transporte. El silencio ante tal comentario le hizo comprender que eso de niños ya no existía, ya no era valido en sus pequeños cuerpos. La maldad existía en ellos desde hace tiempo. Sabrá Dios que fuerza los habrá unido, formando ese potencial agresivo que causaba terror en la comunidad.
José llegó con las luces apagadas a la calle ciega. Los tubos y otros instrumentos se habían recolectado a lo largo del trayecto.
Son niños sin hogar, no son de la calle. Tienen padres, que olvidan que existen, de acuerdo con el final que el barrio les asignó. No van a llorar por ellos. Llegarán otros, hay que dejar el ejemplo.
Amarrados fueron transportados al callejón. En silencio. Mucho silencio. Se despertaron con un balde de agua sucia recogida en una de las alcantarillas. Gritaron una y otra vez que los dejaran salir, pero ya se habían dado cuenta de que no podían optar por sus armas, sus pistolas y cuchillos que habían dejado sus marcas. Lloraron mudos. Los otros no hablaban, sólo esperaban que el primero de alguno de ellos propinara el primer golpe.
Arrastrados nuevamente fuera del callejón. Dejados en la esquina. Colocados con mucho cuidado. Los restos serían recogidos por el que quiera hacerse responsable de ellos.
Así fue todo.
José repartiría a los otros a sus hogares. La salsa se escucharía nuevamente. Las miradas verían al frente, ya no recordando cuando compartían esos momentos de unión especiales de alegría. Ahora se colocaría en sus memorias una nuevo. Esa salsa recordaría todo.

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El regreso de Ulises


Caminé por el largo pasillo, mis pisadas crujiendo contra el piso de madera podrida. Palpé el portón colonial inmenso, y reconoció mi mano la antigua cerradura de hierro oxidado. Ahora sí podía decir que había llegado a casa. Saqué la antigua llave de bronce de mi pecho, y la introduje por el orificio de la puerta. Pero no entraba; era como si rebotara contra algo. Intenté mirar por el orificio al interior; todo era oscuridad. Cuando toqué el gancho que encajaba dentro de la anilla, éste cayó al piso de una vez. Quizás le dolía el tiempo en que nadie lo había tocado. Sin embargo, no por eso la puerta quedaba liberada. La cerradura permaneció resistente, negada a variar su posición de años endureciéndose más, impidiéndome el paso.
Insistí hasta que al fin cedió. Pero entonces, la siguiente puerta de sólida caoba, se se hizo más pesada. Lancé todo el peso de mi cuerpo contra ella pero no pude moverla ni un milímetro. La golpeé desesperado, no podía creer que estando ya en mis propiedades aún no pudiera tomar posesión de ellas. Golpee primero con los puños, sintiendo apenas mi dolor contra su dureza. Luego lancé contra ella todo mi cuerpo; de seguro era más fuerte mi voluntad que su terquedad, y más era mi deseo de retomar mi lugar que el temor de no saber con qué me encontraría allá adentro. Mis hombros no dolían lanzándose contra el portón, golpeando sin pausa hasta quedar sin aliento. Caí sin fuerzas, preguntándome qué pasaría. Desde el piso, apoyado sobre él, observé el inmenso portón sobre mí. Mirando su oscura madera contra el cielo, un quejido de bisagras podridas resonó, y caí de espaldas: el portón se había abierto. Sin perder tiempo en preguntarme cómo es que había ocurrido, me di vueltas e introduje mi cabeza al interior. Pero no vi nada. La oscuridad allí adentro era absoluta.
Una gasa extendida por la ranura inferior de la puerta, negaba toda presencia de luz en el lugar. Me fijé que el orificio donde intenté insertar antes la llave, estaba tapado también por una gasa que me impidió ver cuando aún estaba afuera. Cuando la halé, un polvillo tejió un haz de luz a lo largo del orificio. Dí tres pasos temerosos hacia el interior de la habitación y vi - hasta dónde alcanzaba a ver – sólo oscuridad. Caminé a tientas; pero tampoco sentía tropezar con ningún objeto. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, reconocí las paredes unidas al techo haciendo un espacio infinito. Todo era blanco allá adentro, y yo me hallaba como en medio de un universo sin gravedad. Cuando alcancé la ventana inmensa y la abrí y todo el interior se bañó de luz constaté que todo estaba vacío. Pero a mi lado, justo al lado de mi hombro, una larga sombra se extendía casi hasta rozarme. De inmediato me di vuelta. Y allí la encontré. En medio del salón sin muebles, mi mujer sentada en la única silla que era objeto y coprotagonista de este inmenso espacio flotante.
Inge miraba al piso. No la conmovió mi presencia. Permanecía estática semejante a una piedra. Su piel grisácea herida por profundos surcos alrededor de la naríz y en el entrecejo. ¿Cuántos años tendría? ¿treinta? ¿tresmil? Sus cabellos larguísimos, bañaban su rostro en forma de crines de mecate. Asfixiados, bajaban por sus esqueléticos hombros y sus desvalidos brazos, enredados por entre dedos artríticos y uñas retorcidas como garfios. Parecía sin vida. Sobre la joroba de su espalda, caía la cascada gris hasta el piso como alfombra, albergando colonias de insectos y crisálidas dormidas. Un velo otrora blanco, como de novia, cubría su pronunciada naríz aguileña.
Al principio pensé que era una muñeca, y la sola idea me hizo temblar. Pero recordé a mi mujer y me acerqué con cautela, cada pisada estremeciendo el sitio, sonando hueco a cada paso, como si la casa reposara sobre un inmenso estanque vacío.
Me quité los zapatos para seguir sin ruido. Cuando estuve a pocos metros de ella, me senté en el piso a contemplarla. En vista de su inmovilidad, continué acercándome - los crujidos persistieron -. Ya a pocos centímetros, me senté en posición de loto junto a ella y la estuve contemplando detenidamente palmo a palmo. Cómo era posible que su otrora belleza se transformara en eso: una cáscara de nada, un nicho de trastos. Aún dudaba si ella era ella o sólo otra cruel pesadilla de mi imaginación. Y en ese momento uno de sus cabellos bajo el velo - el que caía justo sobre su naríz - se sacudió. Mi corazón se detuvo. Tragué grueso. Me aparte un poco - solo un poco - incrédulo, e inhalé fuerte para reunir de nuevo el valor para volver a acercarme a ella. Cuando estuve a escasos centímetros de su rostro, apoyado sobre mis rodillas, alcé el velo y noté que dentro de sus ojos aún brillaba una luz. Como quien asoma una vela dentro de su casa a medianoche para ver quién llama a la puerta, así mismo parecía que en ella se iluminara algo adentro, dentro de la más absoluta opacidad de sus pupilas.
Cuando de nuevo acerqué mi mano a su rostro para apartar un poco de cabello y poder observarla mejor, noté un levísimo arqueo de sus cejas. Me pareció oir que crujía por dentro; y me acerqué un poco más.
Estando más cerca, noté en un gesto casi imperceptible, que su boca se cerraba dibujando un gesto de profundo dolor al mirarme. Fue cuando su rostro comenzó a deformarse hasta que se volvió intensamente cruel, terrorífico, un terror muy parecido al que sentía al imaginarime morir en el extranjero. Me eché hacia atrás bruscamente sorprendido. Me levanté dispuesto a correr, pero al hacerlo tropecé con mis propios zapatos y caí. De repente, vi sangre brotar por todas las ranuras del piso de madera. Yo intentaba levantarme chapoteando entre charcos, resbalando y cayendo de nuevo contra el suelo sin poder hacerlo. Mis palmas no ayudaban a alzarme, y reptando me desplacé como pude hasta la puerta de salida. Cerca ya del picaporte, a punto de escapar, un impulso me hizo volver la mirada atrás, donde ella.
Vi entonces que Inge se esforzaba con todo su cuerpo por levantarse de la silla e ir hacia donde yo estaba. Parecía querer decirme que no le temiera pero a la vez, yo sentía que me odiaba con toda su exánime alma. Sintiéndose incapaz de vencer la posición de muchos años, en el gesto de cerrar los ojos comprimiéndolos con fuerza, su piel se cuarteaba como un lienzo embebido en cal endurecida, y todo su cuerpo otrora espuma, era hoy un seco pergamino que yo oía fracturarse sin derramar una sola gota de sangre. Aún mantenía su mirada sobre la mía sin desmayarse, los brazos extendidos hacia mí reclamando mi vuelta. Yo intentaba abrir la puerta pero no podía y entonces la ví caer como una piedra y besar el piso. En ese instante, me detuve y arrojé sobre ella olvidando mi miedo. En ese instante, intentando alcanzarla, resbalando y volviendo a caer, me fue imposible no caer también con ella, profundamente adolorido por su dolor. Una vez estando cerca de ella, sintiéndola tan frágil como una mariposa, comencé a gritar sin pausa, avergonzado. Aterrado.
Grité duro, durísimo.
Las cortinas se sacudieron y el polvo dejó la atmósfera densa, neblinosa, llena de puntos que flotaban sin gravedad por toda la habitación. Así dejé de verla. Yo sólo me oí gritar desnudando un miedo antiguo, un terror paralizador que de repente se liberaba de mí y corría enloquecido por toda la casa intentando escapar. A un punto, miré mi propio miedo correr atropellado fuera de mí, dándose contra las paredes como si se hubiese repentinamente desatado, independizado de mi mismo. La criatura huía del padre como si pudiese andar sola, como si ya no fuera absurda emoción extraída de mi particular código psiquiátrico. Ahora mi miedo fuera de mí, huía acorralado, intentando mantenerse a salvo de mí mismo, mirándome del mismo modo como hasta ahora yo había mirado a Inge, mi propia esposa.
Y de repente la sangre cesó de brotar del piso.
La neblina bajó poco a poco, hasta que pude volver a ver a Inge al otro extremo de la casa. Recogida en una esquina, esa mujer con la boca deshabitada de dientes que se abría igual que la mía, gritaba un sonido sordo, dolorosamente inaudible, como de quien ya no sabe pedir auxilio. Su voz descendía bruscamente hasta quedar sólo un hilillo agudo, atormentante, suspendido en las cortinas y en el polvo.
Ella gritaba, y yo gritaba. Los dos, reflejo de un espejo.
Ella veía al vacío hacia un lugar invisible, y yo la veía a ella producto de mi miedo, imbécilmente asustado por ella.
Evoqué todas las noches infantiles plenas de monstruosos fantasmas, y lamenté no poder aferrarme a su cuerpo de nuevo para encontrar mi calma. Recordé todas las trampas que tuve que sortear para llegar aquí, creyéndome héroe, mientras mi heroína permanecía a diario insomne esperándome, tejiendo sus propios recuerdos. Uno a uno desafié cantos de sirena atando mi cuerpo al mástil de su voz, para recordarme que allí, donde ella estuviera, estaría mi patria. Mientras tanto, al fondo, Inge prolongaba su grito, ecos sólo interrumpidos por el sonido profundo de cada inhalación, arrebatando mi oxígeno en cada pausa.
Entonces callé. Desconsoladamente callé. La ví sufriente, llena de amor, agotada de amor, y supe que yo mismo era una trampa. Me sentí despojado, desnudo frente a mi amada, horrorizado por no haber podido reconocerla hasta ahora. Había olvidado en este largo tiempo de ausencia, que el tiempo del viaje es del todo diferente al tiempo de la espera. Había olvidado todo lo que esperé volver a verla. Entendí que no pude llegar así, mucho menos si creí amarla. Uno no puede llegar así a la vida de nadie, echando abajo sólidas fortalezas que pudieron mantener por tanto tiempo a salvo un corazón vulnerable. Nadie - príncipe o psicoanalista - puede penetrar así en ningún templo, sin ritual ni sacrificio, creyendo liberar un alma que jamás lo ha requerido.
¿Cómo disculparme esta vez? ¿qué inmenso egoísmo me había obligado hacerla jurar que esperaría por mí eternamente hasta quedar sin huellas, siendo apenas una sombra de sí misma?
Callaba mientras ella arrebataba mi oxígeno. Y mi silencio era torpe de nuevo.

Frente a Inge, frente a su tristeza sin fondo, mi dolor era ínfimo; apenas el de un vulgar invasor. Por eso, después de tanto tiempo, lamentaba profundamente mi estúpida intrusión.

Feriado



Ruido cruzado de música, que a veces no lo parece. Dos hombres y una mujer tras un mostrador y tal vez media docena de clientes, acostumbrándose a otro sábado igualito. Al frente de ese “multiabasto” (licorería-farmacia-lotería) un par de hermanos se jugaban la faena entre cartas mugrientas, trampas y cervezas, compradas al cruzar la calle. Un autobús se llevó un cono, una camioneta repleta de niños lo haría con otro. Nadie notaba la espectral parsimonia de tres motos, cada una más sospechosa que la otra.

Más arriba sobre una pequeña montaña, confundida entre sobras, sentinas y barro - y a veces ojeando hacia el precipicio- algunos niños apremiaban una pelota nueva. Seguían una inclinación demasiado humana: enfocarse, perseguir, arrebatar.

Metros abajo, la tienda comenzaba a engullir compradores. Sólo una pareja suficientemente joven para temer al castigo paterno, decidió moverse hasta callejones sin nombre, tomados de la mano, olfateando, tal vez sin saberlo una próxima prueba a la mortalidad.

Un auto abría sus puertas detrás de un gran basurero a medio quemar, sin ser vistos tres uniformados protegían con entrega una posible alusión a sus caras comunes. Más cerca de la juerga, de las parrillas de las motos se distanciaban tres figuras: simulaban caballos bicéfalos, picados a la mitad. Sobre esas ruedas pares, tres adolescentes armados representaban una nueva y cobarde mitología sin juglar, envuelta en olor de pinchos y repiquetear lejano de metales afinados.

Despreocupados muchos pedían más frías, se atiborraban la boca llena de tostoncitos mantecosos, de maní en concha desgajado con pericia olímpica. Por dos trayectos distintos seis hombres se solazaban en un botín cómodo y en una vecindad circunstancial de carrera fácil.

Entre revistas hípicas, una que otra medio porno, ring tones, salsas y un tañido acercándose incomprensible, varios recuerdos de canchas y amaneceres terminaban de componer la cháchara de la barriada. Armas largas en mano, los uniformados remontaban el pequeño tramo. Algo más sudados que de costumbre, querían salir rápido de la faena y parecerse un poco a esos deslenguados holgazanes que se recostaban en los laterales del multiabasto. Los parrilleros, bajo sus chemises secadas al sol, rozaban con sus muñecas las cachas de revólveres y automáticas, probadas en disparejos encargos.

Se llevarían el botín. “Todos estaban atracados, todos estaban listos”… “Quien se pusiera payasito bien pegado iba a quedar”. Mascullaban los colegas sin saber que sus malas estrellas estaban por tocarse. Todo muy bien hasta ese punto, sólo que antes de poder cruzar la calle, de la nada un redoblo, un tintinar fuera de control, un colorido y demasiadas sonrisas y aplausos, una melodía inconfundible: “¡desnúdate mujer, así te quiero ver!” zarandeada por la unión musical de un tropel azul, rojo y verde de niños especiales. Un paréntesis indestructible en el aire.

Muy arriba, contra todos los goles, los chiquillos dejaban el juego para ver el desfile. En la calle la atención conquistó hasta al más ensimismado. Clientes, dependientes, transeúntes, choferes y pasajeros. Las armas largas y la rabia volvieron con sus portadores a la maleta de un auto ajeno. Los rateritos y su furia, de vuelta a las máquinas. Como una broma esotérica, y ante la inexistencia de príncipes, reyes o princesas, el bufón aparecía y salvaba una vez más al reino.


Foto: http://www.moveyourmind.es/wp-content/uploads/2008/09/ninos-africanos-jugando-al-futbol.jp

Psicosis


La luz del atardecer inundaba la fachada del edificio cuando Ana llegó a su casa. En cuestión de minutos le recorrió un temblor por todo el cuerpo al encontrar a su hija en una postura inmóvil con los ojos apretados.

El blister con varios comprimidos que Ana le había dejado a tempranas horas de la mañana sobre la mesa de noche, estaba vacío y tirado en el suelo.

En la desesperación trató de levantarla pero su peso se lo impedía. Logró sentarla, colocar la cabeza sobre su hombro y le introdujo, en vano, dos dedos hasta el fondo de la garganta con el propósito de que vomitara. Ambas manos bofeteaban su cara y tampoco reaccionaba, después lloró de impotencia, ¿adónde la llevo? y decide llamar a la ambulancia.

Una hora después llegaron los paramédicos y sólo la madre escuchaba el estridente ruido de las sirenas junto a Mirna acostada en la camilla, inerte como si le hubiera llegado la hora de la muerte. Ingresó en una Clínica Psiquiátrica donde le prohibieron visitarla la primera semana.

Los días transcurrían sin que Ana se atreviera a preguntarle a la hija de treinta años el motivo que la indujo a tomarse tantas pastillas de un solo golpe. Fue el médico tratante quien le informó que ella había sufrido una crisis de esquizofrenia catatónica, por lo cual iba a requerir, en lo sucesivo, de mayor atención familiar a fin de impedir una nueva crisis.

En las primeras visitas, atrae su atención una mujer joven, arrinconada en una esquina de la sala, hablando sola en un idioma que no comprende, se levanta, da vueltas, golpea las paredes y vuelve a la misma posición. A la madre de Mirna le incomoda su comportamiento a la vez que le produce compasión.

Algunas semanas antes de que dieran de alta a su hija, la joven extranjera había comenzado a golpear y a rasguñar a las demás pacientes que compartían con ella la habitación, incluyendo a Mirna. Tenía las uñas de los dedos sangrantes y las costras en las comisuras de la boca acentuaban su fealdad.
Y sin embargo, a punta de sedantes, continuaba ocupando durante las visitas el rincón acostumbrado. ¡Qué ironía tener que salir a la sala, junto con las demás pacientes, sin que ya nadie la visitara!

Todas las tardes llegaba Ana, puntualmente, a ver a Mirna, pero aquel jueves faltaban tanto su hija como la pobre mujer por lo que, sin previa autorización, se encaminó al área de las habitaciones, las cuales debían permanecer supuestamente desocupadas durante el horario de visitas.


Atravesó un largo pasillo bien pulido, entre frías paredes; olía a desinfectante en un ambiente de absoluta higiene. En el único cuarto que tenía la puerta abierta, se encontraban ellas. La extranjera se había vuelto más agresiva y a falta de una camisa de fuerza la mantenían cruelmente amarrada a la cama, como si fuera un cero a la izquierda.


Una vez adentro se percata que su hija había usado un objeto cortante para liberarla de aquellos nudos excesivamente apretados que no había podido desatar. El pijama de la extranjera, rasgado en varias partes, daba muestra de haber actuado, en algún momento, arrastrada por un peligroso arrebato de locura. Mientras Mirna le desenredaba su larga y desgreñada cabellera la peinaba suavemente. Conciente de que el pelo, bien cuidado, es un hermoso adorno en toda mujer quiso darle a su compañera de cuarto un mejor aspecto. Por momentos sentía que ella la miraba con ojos suplicantes.

Tras recriminarle a su hija el hecho de haber desatado a la enferma, le exigió, minutos después, abandonar la habitación a lo cual accedió y ambas, madre e hija, regresaron a la sala de visita.
Ana, como lo hubiera hecho cualquier otra persona sana y sensata, se negaba a permanecer allí por largo tiempo.

Al poco rato se escuchó un grito de horror prolongado. Una enfermera había encontrado tendida en el baño de mujeres a la húngara sobre un charco de sangre frente al lavamanos. Se había cortado las venas.


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agosto 28, 2009

EL JINETE


Eustaquio vive en una pequeña casa junto a Dora, su hermana menor y Sara, su madre. El pueblo es pequeño, y se dedica al cultivo de la papa. Eustaquio es un hombre menudo, de unos 28 años, quien día a día se levanta, junto con los demás hombres del pueblo, a sembrar y recolectar las papas en las colinas cercanas. La mujeres jóvenes, lavan el tubérculo y lo empacan para su venta, y las mayores, las matronas, alimentan a los habitantes de Cajuí. Eustaquio quiere mucho a su hermana Dora, una joven de unos 15 años, quien ve en él al padre fallecido. Cada mañana salen juntos, él a las colinas, ella al centro de acopio, un galpón de madera donde se encuentran las jóvenes para con amor, lavar las papas. Eustaquio también tiene otro amor. Julia, una joven de 21 años, con quien está comprometido y esperan con ansias el día de la boda. Todo transcurre con calma en Cajuí, pequeño poblado de los Andes. Pero una noche, se dejan oír los pasos de un caballo; a paso raudo y veloz y un testigo cuenta que el jinete llevaba sobre su cabeza, un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro. A la mañana siguiente, Sofía, una joven del pueblo, se encuentra en su cama sonámbula y profiriendo extraños gemidos; su cuerpo tiene fiebre y hace espasmos. Llega el doctor y nada puede hacer por ella. Es algo desconocido que la razón de la medicina no puede explicar. Sólo quedan los rezos para la mejoría de Sofía. Esa noche, se oye de nuevo el paso del jinete, y al amanecer otra joven despierta poseída. Las madres comienzan a desesperarse y los hombres deciden reunirse en la iglesia a pedirle opinión al padre Antonio. Eustaquio acude preocupado por el destino de su hermana y su prometida. El Padre les sugiere que guinden rosarios en las puertas de los cuartos de las jóvenes. Es ya de noche cuando los hombres salen de la iglesia, y de la nada, sale el jinete y cruza la calle frente a ellos. Todos enmudecen y corren a sus casas a guindar rosarios en las puertas. Pero para Eustaquio ya es tarde, el entrar a su casa, ve la cara pálida de su madre que le revela su temor.


Eustaquio decide enfrentar al jinete. Esa misma noche, se planta frente a su casa a esperar verlo pasar. Pero es en vano su espera, el jinete no aparece dos veces una misma luna. Eustaquio se retira decepcionado. Siguiente noche y Eustaquio se planta de nuevo, con rosario, agua bendita y machete en mano. Porque no se sabe si contra el demonio se necesite también de alguna ayuda terrenal. Eustaquio oye el caballo a lo lejos, pero no logra distinguir nada en la oscura noche. De pronto, siente el roce del jinete en su cuerpo, y una risa profunda que viene del averno. Eustaquio queda frío, de pie y con las manos vacías, pues del susto ha dejado caer sus implementos. A lo lejos, el viento le trae el llanto de otra madre, que ha descubierto a su hija poseída. Eustaquio corre hacia la casa de Doña Jacinta y la abraza con compasión. Los padres se encuentran desesperados. Deciden todos plantarse frente a las casas donde habiten jóvenes vírgenes para proteger a éstas del jinete errante. El Padre Antonio reza y deja las puertas de la iglesia abierta por las noches; ya que al íncubo hay que encerrarlo en las puertas del templo. Cuando cae la noche, Eustaquio frente al portón de su amada, siente la brisa fría de la muerte y oye los pasos y el roce del jinete. Se planta en la mitad de la calle, con la esperanza de enfrentarlo y arrastrarlo hasta la iglesia. Grita llamando a los demás del pueblo, cuando el jinete se posa frente a él. Eustaquio toma el agua bendita y se la esparce al demonio, pero éste suelta una carcajada y escupe al suelo con desprecio. Eustaquio va a tomar su machete, cuando el jinete lo toma por el cuello de su camisa y lo lanza al piso. Los hombres corren en su ayuda, pero el jinete le lanza el caballo encima para así sortear la multitud y huir. Eustaquio queda rendido en el piso, cuando oye el llanto de la madre de su amada. Julia ha sido poseída.


La señora Sara corre al ver a su hijo malherido y entre varios, lo alzan en brazos y lo llevan hasta su cama. Pero Eustaquio está lleno de ira, más que de dolor y quiere vengar la afrenta hecha a su amada. El Padre Antonio llega y le recuerda que por esta noche, ya el jinete no vendrá más. Habrá que esperar hasta otra luna, para enfrentar al demonio. Así, Eustaquio descansa para reponerse de las heridas infringidas por el caballo y recuperar fuerzas para la batalla final. Es viernes y el sol se oculta. Los hombres todos están concentrados en la plaza, la puertas de la iglesia está abiertas y la última virgen del pueblo se encuentra adentro. Ella misma se ha ofrecido para atraer al maligno a la casa de Dios. Es media noche y hay luna nueva. Los hombres están a la espera del jinete, con machetes y escapularios. De pronto, una brisa helada invade al pueblo. A lo lejos, esta vez en silencio, se ve al jinete en su montura. Corre hacia ellos. Algunos, tiemblan y huyen; pero Eustaquio está firme en su decisión. La bella virgen, vestida de blanco deslumbra al jinete, quien frena ante el aura de esa imagen. Desciende de su montura y camina hacia ella, pero detiene su andar al ver que el recinto es una iglesia. Detrás de él, ya los hombres lo han rodeado y no le impiden el regreso a su montura. El caballo relincha como llamando a su amo; pero éste se encuentra entre la multitud y la virgen. El jinete corre hacia ella y la toma, y presto a salir de la iglesia, es detenido por Eustaquio, quien se escondía detrás de la bella mujer y ahora lo tiene tomado por la negra capa que lo cubre. Con la dama en un brazo y una daga en el otro, el jinete forcejea con Eustaquio. El Padre desde el altar, lanza oraciones al cielo, en un latín que hacía tiempo no se oía. El demonio suelta una carcajada y se alza, dejando ver su rostro. Un rostro opaco, sin mirada. Un rostro de muerto. La joven grita, y Eustaquio queda por un segundo preso del pánico al ver aquellos ojos. Pero no pasa un segundo más, sin que se decida a terminar su faena. Toma el machete en mano, y de un solo tajo corta la cabeza del jinete. La sangre baña las blancas ropas de la joven, quien es consolada por el cura y su madre que recién llega. Eustaquio yace en el suelo, cansado por el esfuerzo de la batalla. Todo el pueblo enmudece cuando al volver hacia el cuerpo del jinete, sólo vemos sus ropas y el sombrero. Afuera, el caballo también ha desaparecido. Todos regresan a sus casas. Al amanecer, las vírgenes del pueblo despiertan, sin recordar nada. La madres les dicen que fue una peste y el secreto del jinete queda como canción nocturna en las frías colinas de Cajuí.


Amarillo K

Imagen tomada de: http://jcmib.wordpress.com/wallpapers/

agosto 15, 2009

Cuentistas Anónimos


" No existen más que dos reglas para escribir:
tener algo que decir y decirlo "
Oscar Wilde

"Suprimir toda palabra inútil.
Simplificar la frase.
Simplificar la idea.
Esta es la fórmula para escribir bien."

Noel Clarasó