a la muerte se agregue el miedo
a la vida "
Augusto Roa Bastos
Paraguay
Somos anónimos con nombres. Compartimos una pasión: la escritura. Nos gusta contar y que nos cuenten. Nos conocimos en uno de violencia, un taller de narrativa, con Paulo Sandrini, un brasileño que sirvió de excusa y maestro para juntarnos. Ahora, al mejor estilo del club de la pelea, hemos creado un espacio en el que nuestras voces literarias se unen, individualmente (por ahora) en un coro de historias: Cuentistas Anónimos.
El día se desvanece en los relojes…La calle mojada refleja destellos. Un auto pasa lentamente. Otro auto, un bus, un camión, otro auto, en lenta procesión chisporroteando el asfalto mojado. La oscuridad se cierne sobre la tarde.
Ahora llueve. En lo alto del cielo rugen las masas de nubes oscuras, anunciando que continuará lloviendo toda la tarde y tal vez durante toda una vida que agoniza en silencio.
La poca gente que transita por la desierta calle se pega a las paredes de los edificios, con los brazos cruzados sobre el pecho, encorvados y presurosos los que no llevan paraguas. De igual modo, los que llevan paraguas o impermeable se ven como caricaturas fantasmales, desdibujados en el torrencial aguacero que crece por minutos.
Por momentos, la calle se ve abandonada. A través del cristal de mi ventana de agua, los edificios parecen temblar de frío o danzar en el húmedo ritual del oscuro mediodía. Cae una lluvia fría y total. El agua se cuela por las hendiduras del marco de la vieja ventana y de los poros de la piel.
En la detonación de un relámpago o un revólver, el alma se me escapa. Este es un día de recogimiento y determinación. Ahora no sé cómo ni por qué me encuentro afuera, entre las nubes, viendo desde afuera mi ventana, en este eterno mediodía gris. Por mi mente desfilan innumerable frases críticas, tecnicismos, innumerables ismos y argumentaciones académicas que me empujan a todos lados en la confusión de mi flotar en el aire y en el agua que no cesa...
No sé en qué siglo hablé por primera vez. Desconozco mi primera pincelada, el primer cuaderno, el muro o la primera tela, pero veo mis cuadros repetidos en galerías y museos. Leo mi nombre y el nombre de mis cuadros en las páginas de periódicos gastados y polvorientos. Estoy ahí, en el estudio habitación, pero no veo a nadie más. Mi cuerpo yace en el sillón, frente a la ventana... En la calle, y en todas partes, sigue lloviendo.
Fui un pintor prolífico, indudablemente. Esta lluvia que resbala incesante en el cristal de mi ventana, me recuerda conocidas escenas impresionistas. El paisaje se desdibuja y ablanda en los trazos, la forma pierde los contornos para fundirse en la impresión del corazón. Con el paso de las horas, el ambiente adquiere nuevos colores; es como si cada elemento tuviera personalidad que cambia con el movimiento, la intensidad de luz, la fuerza del trazo o del dolor.
En el solitario estudio habitación busco la figura de alguien que se fue, quién sabe cuándo. Cerca de la ventana de agua, sobre el caballete, abandonado a las arañas, el bastidor de una pintura a medias: no se distingue si el cielo es claro o nublado, sólo las tímidas manchas blancas con los pálidos azules, al centro un camino que serpentea el campo, una carreta sin bestia, algunos árboles aún sin ramas ni follaje y el trazo detenido…
Allá afuera, sólo agua. Agua en el cristal y en mis huesos ya fríos e inmóviles. Huele a agua. Un frío húmedo se cuela por la nariz y se apodera de mi interior hasta las entrañas, de la sangre detenida, de la piel del cuerpo de un hombre pintor que está sentado en un sillón, con sus brazos colgados a los lados, la cabeza a un lado, los ojos cerrados, frente a la ventana de agua que refleja, aun en su transparencia, un rostro con la sien herida.
Ahora despierto y recuerdo, con sorpresa, tantas cosas: no tengo más que este estudio habitación, algunos libros y cuadros, un reloj de arena que me regaló un discípulo agradecido, el caballete vestido de telarañas, la puerta del baño y al lado de ésta el pequeño gabinete de la cocina, la cama, mi ropa en el armario y montones de bastidores en blanco, pinceles de todos los tamaños y tubos de pintura. Recobro por segundos la conciencia para mirar ya sin sorpresas, mi cadáver sentado en el sillón negro, en la eterna tranquilidad de una tarde de agua que se suicida en la tierra de un estrecho camino que serpentea el campo bajo una tupida telaraña cubierta, como todo, con polvo del aire como la tristeza inmóvil de una naturaleza muerta.
Foto: http://geekdigital.files.wordpress.com/2008/12/reloj-clasico.jpg


Más arriba sobre una pequeña montaña, confundida entre sobras, sentinas y barro - y a veces ojeando hacia el precipicio- algunos niños apremiaban una pelota nueva. Seguían una inclinación demasiado humana: enfocarse, perseguir, arrebatar.
Metros abajo, la tienda comenzaba a engullir compradores. Sólo una pareja suficientemente joven para temer al castigo paterno, decidió moverse hasta callejones sin nombre, tomados de la mano, olfateando, tal vez sin saberlo una próxima prueba a la mortalidad.
Un auto abría sus puertas detrás de un gran basurero a medio quemar, sin ser vistos tres uniformados protegían con entrega una posible alusión a sus caras comunes. Más cerca de la juerga, de las parrillas de las motos se distanciaban tres figuras: simulaban caballos bicéfalos, picados a la mitad. Sobre esas ruedas pares, tres adolescentes armados representaban una nueva y cobarde mitología sin juglar, envuelta en olor de pinchos y repiquetear lejano de metales afinados.
Despreocupados muchos pedían más frías, se atiborraban la boca llena de tostoncitos mantecosos, de maní en concha desgajado con pericia olímpica. Por dos trayectos distintos seis hombres se solazaban en un botín cómodo y en una vecindad circunstancial de carrera fácil.
Entre revistas hípicas, una que otra medio porno, ring tones, salsas y un tañido acercándose incomprensible, varios recuerdos de canchas y amaneceres terminaban de componer la cháchara de la barriada. Armas largas en mano, los uniformados remontaban el pequeño tramo. Algo más sudados que de costumbre, querían salir rápido de la faena y parecerse un poco a esos deslenguados holgazanes que se recostaban en los laterales del multiabasto. Los parrilleros, bajo sus chemises secadas al sol, rozaban con sus muñecas las cachas de revólveres y automáticas, probadas en disparejos encargos.
Se llevarían el botín. “Todos estaban atracados, todos estaban listos”… “Quien se pusiera payasito bien pegado iba a quedar”. Mascullaban los colegas sin saber que sus malas estrellas estaban por tocarse. Todo muy bien hasta ese punto, sólo que antes de poder cruzar la calle, de la nada un redoblo, un tintinar fuera de control, un colorido y demasiadas sonrisas y aplausos, una melodía inconfundible: “¡desnúdate mujer, así te quiero ver!” zarandeada por la unión musical de un tropel azul, rojo y verde de niños especiales. Un paréntesis indestructible en el aire.
Muy arriba, contra todos los goles, los chiquillos dejaban el juego para ver el desfile. En la calle la atención conquistó hasta al más ensimismado. Clientes, dependientes, transeúntes, choferes y pasajeros. Las armas largas y la rabia volvieron con sus portadores a la maleta de un auto ajeno. Los rateritos y su furia, de vuelta a las máquinas. Como una broma esotérica, y ante la inexistencia de príncipes, reyes o princesas, el bufón aparecía y salvaba una vez más al reino.
Foto: http://www.moveyourmind.es/wp-content/uploads/2008/09/ninos-africanos-jugando-al-futbol.jp

Eustaquio vive en una pequeña casa junto a Dora, su hermana menor y Sara, su madre. El pueblo es pequeño, y se dedica al cultivo de la papa. Eustaquio es un hombre menudo, de unos 28 años, quien día a día se levanta, junto con los demás hombres del pueblo, a sembrar y recolectar las papas en las colinas cercanas. La mujeres jóvenes, lavan el tubérculo y lo empacan para su venta, y las mayores, las matronas, alimentan a los habitantes de Cajuí. Eustaquio quiere mucho a su hermana Dora, una joven de unos 15 años, quien ve en él al padre fallecido. Cada mañana salen juntos, él a las colinas, ella al centro de acopio, un galpón de madera donde se encuentran las jóvenes para con amor, lavar las papas. Eustaquio también tiene otro amor. Julia, una joven de 21 años, con quien está comprometido y esperan con ansias el día de la boda. Todo transcurre con calma en Cajuí, pequeño poblado de los Andes. Pero una noche, se dejan oír los pasos de un caballo; a paso raudo y veloz y un testigo cuenta que el jinete llevaba sobre su cabeza, un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro. A la mañana siguiente, Sofía, una joven del pueblo, se encuentra en su cama sonámbula y profiriendo extraños gemidos; su cuerpo tiene fiebre y hace espasmos. Llega el doctor y nada puede hacer por ella. Es algo desconocido que la razón de la medicina no puede explicar. Sólo quedan los rezos para la mejoría de Sofía. Esa noche, se oye de nuevo el paso del jinete, y al amanecer otra joven despierta poseída. Las madres comienzan a desesperarse y los hombres deciden reunirse en la iglesia a pedirle opinión al padre Antonio. Eustaquio acude preocupado por el destino de su hermana y su prometida. El Padre les sugiere que guinden rosarios en las puertas de los cuartos de las jóvenes. Es ya de noche cuando los hombres salen de la iglesia, y de la nada, sale el jinete y cruza la calle frente a ellos. Todos enmudecen y corren a sus casas a guindar rosarios en las puertas. Pero para Eustaquio ya es tarde, el entrar a su casa, ve la cara pálida de su madre que le revela su temor.
Eustaquio decide enfrentar al jinete. Esa misma noche, se planta frente a su casa a esperar verlo pasar. Pero es en vano su espera, el jinete no aparece dos veces una misma luna. Eustaquio se retira decepcionado. Siguiente noche y Eustaquio se planta de nuevo, con rosario, agua bendita y machete en mano. Porque no se sabe si contra el demonio se necesite también de alguna ayuda terrenal. Eustaquio oye el caballo a lo lejos, pero no logra distinguir nada en la oscura noche. De pronto, siente el roce del jinete en su cuerpo, y una risa profunda que viene del averno. Eustaquio queda frío, de pie y con las manos vacías, pues del susto ha dejado caer sus implementos. A lo lejos, el viento le trae el llanto de otra madre, que ha descubierto a su hija poseída. Eustaquio corre hacia la casa de Doña Jacinta y la abraza con compasión. Los padres se encuentran desesperados. Deciden todos plantarse frente a las casas donde habiten jóvenes vírgenes para proteger a éstas del jinete errante. El Padre Antonio reza y deja las puertas de la iglesia abierta por las noches; ya que al íncubo hay que encerrarlo en las puertas del templo. Cuando cae la noche, Eustaquio frente al portón de su amada, siente la brisa fría de la muerte y oye los pasos y el roce del jinete. Se planta en la mitad de la calle, con la esperanza de enfrentarlo y arrastrarlo hasta la iglesia. Grita llamando a los demás del pueblo, cuando el jinete se posa frente a él. Eustaquio toma el agua bendita y se la esparce al demonio, pero éste suelta una carcajada y escupe al suelo con desprecio. Eustaquio va a tomar su machete, cuando el jinete lo toma por el cuello de su camisa y lo lanza al piso. Los hombres corren en su ayuda, pero el jinete le lanza el caballo encima para así sortear la multitud y huir. Eustaquio queda rendido en el piso, cuando oye el llanto de la madre de su amada. Julia ha sido poseída.
La señora Sara corre al ver a su hijo malherido y entre varios, lo alzan en brazos y lo llevan hasta su cama. Pero Eustaquio está lleno de ira, más que de dolor y quiere vengar la afrenta hecha a su amada. El Padre Antonio llega y le recuerda que por esta noche, ya el jinete no vendrá más. Habrá que esperar hasta otra luna, para enfrentar al demonio. Así, Eustaquio descansa para reponerse de las heridas infringidas por el caballo y recuperar fuerzas para la batalla final. Es viernes y el sol se oculta. Los hombres todos están concentrados en la plaza, la puertas de la iglesia está abiertas y la última virgen del pueblo se encuentra adentro. Ella misma se ha ofrecido para atraer al maligno a la casa de Dios. Es media noche y hay luna nueva. Los hombres están a la espera del jinete, con machetes y escapularios. De pronto, una brisa helada invade al pueblo. A lo lejos, esta vez en silencio, se ve al jinete en su montura. Corre hacia ellos. Algunos, tiemblan y huyen; pero Eustaquio está firme en su decisión. La bella virgen, vestida de blanco deslumbra al jinete, quien frena ante el aura de esa imagen. Desciende de su montura y camina hacia ella, pero detiene su andar al ver que el recinto es una iglesia. Detrás de él, ya los hombres lo han rodeado y no le impiden el regreso a su montura. El caballo relincha como llamando a su amo; pero éste se encuentra entre la multitud y la virgen. El jinete corre hacia ella y la toma, y presto a salir de la iglesia, es detenido por Eustaquio, quien se escondía detrás de la bella mujer y ahora lo tiene tomado por la negra capa que lo cubre. Con la dama en un brazo y una daga en el otro, el jinete forcejea con Eustaquio. El Padre desde el altar, lanza oraciones al cielo, en un latín que hacía tiempo no se oía. El demonio suelta una carcajada y se alza, dejando ver su rostro. Un rostro opaco, sin mirada. Un rostro de muerto. La joven grita, y Eustaquio queda por un segundo preso del pánico al ver aquellos ojos. Pero no pasa un segundo más, sin que se decida a terminar su faena. Toma el machete en mano, y de un solo tajo corta la cabeza del jinete. La sangre baña las blancas ropas de la joven, quien es consolada por el cura y su madre que recién llega. Eustaquio yace en el suelo, cansado por el esfuerzo de la batalla. Todo el pueblo enmudece cuando al volver hacia el cuerpo del jinete, sólo vemos sus ropas y el sombrero. Afuera, el caballo también ha desaparecido. Todos regresan a sus casas. Al amanecer, las vírgenes del pueblo despiertan, sin recordar nada. La madres les dicen que fue una peste y el secreto del jinete queda como canción nocturna en las frías colinas de Cajuí.
Nació con sus botas amarillas. Pronto dejó de usar medias, pañales u otra prenda. Su única desnudez, eran las botas amarillas. Hasta que un día, de ellas brotaron palabras. Quería acallarlas, pero no pudo. Es un color muy fuerte, más que el propio sol. Demasiado lejano. No tuvo más voz que para esas botas amarillas y ese día se transformó en un cuentista anónimo, amarillo, de botas.
Mientras estudió Letras en la UCV, se la pasó rodando historias para cine. Y mientras estudiaba cine, la manía de contar historias en papel no la dejaba quieta. Así, entre el lápiz y las imagénes en movimiento, esperó entregarse sólo a uno de ambos. Pero a estas alturas, se asume plácidamente como una felíz adúltera, admitiendo además descaradamente, que ambos medios le apasionan igual. Me llamo Ly y soy otra Cuentista Anónima.