agosto 31, 2009

Psicosis


La luz del atardecer inundaba la fachada del edificio cuando Ana llegó a su casa. En cuestión de minutos le recorrió un temblor por todo el cuerpo al encontrar a su hija en una postura inmóvil con los ojos apretados.

El blister con varios comprimidos que Ana le había dejado a tempranas horas de la mañana sobre la mesa de noche, estaba vacío y tirado en el suelo.

En la desesperación trató de levantarla pero su peso se lo impedía. Logró sentarla, colocar la cabeza sobre su hombro y le introdujo, en vano, dos dedos hasta el fondo de la garganta con el propósito de que vomitara. Ambas manos bofeteaban su cara y tampoco reaccionaba, después lloró de impotencia, ¿adónde la llevo? y decide llamar a la ambulancia.

Una hora después llegaron los paramédicos y sólo la madre escuchaba el estridente ruido de las sirenas junto a Mirna acostada en la camilla, inerte como si le hubiera llegado la hora de la muerte. Ingresó en una Clínica Psiquiátrica donde le prohibieron visitarla la primera semana.

Los días transcurrían sin que Ana se atreviera a preguntarle a la hija de treinta años el motivo que la indujo a tomarse tantas pastillas de un solo golpe. Fue el médico tratante quien le informó que ella había sufrido una crisis de esquizofrenia catatónica, por lo cual iba a requerir, en lo sucesivo, de mayor atención familiar a fin de impedir una nueva crisis.

En las primeras visitas, atrae su atención una mujer joven, arrinconada en una esquina de la sala, hablando sola en un idioma que no comprende, se levanta, da vueltas, golpea las paredes y vuelve a la misma posición. A la madre de Mirna le incomoda su comportamiento a la vez que le produce compasión.

Algunas semanas antes de que dieran de alta a su hija, la joven extranjera había comenzado a golpear y a rasguñar a las demás pacientes que compartían con ella la habitación, incluyendo a Mirna. Tenía las uñas de los dedos sangrantes y las costras en las comisuras de la boca acentuaban su fealdad.
Y sin embargo, a punta de sedantes, continuaba ocupando durante las visitas el rincón acostumbrado. ¡Qué ironía tener que salir a la sala, junto con las demás pacientes, sin que ya nadie la visitara!

Todas las tardes llegaba Ana, puntualmente, a ver a Mirna, pero aquel jueves faltaban tanto su hija como la pobre mujer por lo que, sin previa autorización, se encaminó al área de las habitaciones, las cuales debían permanecer supuestamente desocupadas durante el horario de visitas.


Atravesó un largo pasillo bien pulido, entre frías paredes; olía a desinfectante en un ambiente de absoluta higiene. En el único cuarto que tenía la puerta abierta, se encontraban ellas. La extranjera se había vuelto más agresiva y a falta de una camisa de fuerza la mantenían cruelmente amarrada a la cama, como si fuera un cero a la izquierda.


Una vez adentro se percata que su hija había usado un objeto cortante para liberarla de aquellos nudos excesivamente apretados que no había podido desatar. El pijama de la extranjera, rasgado en varias partes, daba muestra de haber actuado, en algún momento, arrastrada por un peligroso arrebato de locura. Mientras Mirna le desenredaba su larga y desgreñada cabellera la peinaba suavemente. Conciente de que el pelo, bien cuidado, es un hermoso adorno en toda mujer quiso darle a su compañera de cuarto un mejor aspecto. Por momentos sentía que ella la miraba con ojos suplicantes.

Tras recriminarle a su hija el hecho de haber desatado a la enferma, le exigió, minutos después, abandonar la habitación a lo cual accedió y ambas, madre e hija, regresaron a la sala de visita.
Ana, como lo hubiera hecho cualquier otra persona sana y sensata, se negaba a permanecer allí por largo tiempo.

Al poco rato se escuchó un grito de horror prolongado. Una enfermera había encontrado tendida en el baño de mujeres a la húngara sobre un charco de sangre frente al lavamanos. Se había cortado las venas.


Foto: http://images.inmagine.com/img/imagesource/ie287/ie287013.jpg

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