Eustaquio vive en una pequeña casa junto a Dora, su hermana menor y Sara, su madre. El pueblo es pequeño, y se dedica al cultivo de la papa. Eustaquio es un hombre menudo, de unos 28 años, quien día a día se levanta, junto con los demás hombres del pueblo, a sembrar y recolectar las papas en las colinas cercanas. La mujeres jóvenes, lavan el tubérculo y lo empacan para su venta, y las mayores, las matronas, alimentan a los habitantes de Cajuí. Eustaquio quiere mucho a su hermana Dora, una joven de unos 15 años, quien ve en él al padre fallecido. Cada mañana salen juntos, él a las colinas, ella al centro de acopio, un galpón de madera donde se encuentran las jóvenes para con amor, lavar las papas. Eustaquio también tiene otro amor. Julia, una joven de 21 años, con quien está comprometido y esperan con ansias el día de la boda. Todo transcurre con calma en Cajuí, pequeño poblado de los Andes. Pero una noche, se dejan oír los pasos de un caballo; a paso raudo y veloz y un testigo cuenta que el jinete llevaba sobre su cabeza, un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro. A la mañana siguiente, Sofía, una joven del pueblo, se encuentra en su cama sonámbula y profiriendo extraños gemidos; su cuerpo tiene fiebre y hace espasmos. Llega el doctor y nada puede hacer por ella. Es algo desconocido que la razón de la medicina no puede explicar. Sólo quedan los rezos para la mejoría de Sofía. Esa noche, se oye de nuevo el paso del jinete, y al amanecer otra joven despierta poseída. Las madres comienzan a desesperarse y los hombres deciden reunirse en la iglesia a pedirle opinión al padre Antonio. Eustaquio acude preocupado por el destino de su hermana y su prometida. El Padre les sugiere que guinden rosarios en las puertas de los cuartos de las jóvenes. Es ya de noche cuando los hombres salen de la iglesia, y de la nada, sale el jinete y cruza la calle frente a ellos. Todos enmudecen y corren a sus casas a guindar rosarios en las puertas. Pero para Eustaquio ya es tarde, el entrar a su casa, ve la cara pálida de su madre que le revela su temor.
Eustaquio decide enfrentar al jinete. Esa misma noche, se planta frente a su casa a esperar verlo pasar. Pero es en vano su espera, el jinete no aparece dos veces una misma luna. Eustaquio se retira decepcionado. Siguiente noche y Eustaquio se planta de nuevo, con rosario, agua bendita y machete en mano. Porque no se sabe si contra el demonio se necesite también de alguna ayuda terrenal. Eustaquio oye el caballo a lo lejos, pero no logra distinguir nada en la oscura noche. De pronto, siente el roce del jinete en su cuerpo, y una risa profunda que viene del averno. Eustaquio queda frío, de pie y con las manos vacías, pues del susto ha dejado caer sus implementos. A lo lejos, el viento le trae el llanto de otra madre, que ha descubierto a su hija poseída. Eustaquio corre hacia la casa de Doña Jacinta y la abraza con compasión. Los padres se encuentran desesperados. Deciden todos plantarse frente a las casas donde habiten jóvenes vírgenes para proteger a éstas del jinete errante. El Padre Antonio reza y deja las puertas de la iglesia abierta por las noches; ya que al íncubo hay que encerrarlo en las puertas del templo. Cuando cae la noche, Eustaquio frente al portón de su amada, siente la brisa fría de la muerte y oye los pasos y el roce del jinete. Se planta en la mitad de la calle, con la esperanza de enfrentarlo y arrastrarlo hasta la iglesia. Grita llamando a los demás del pueblo, cuando el jinete se posa frente a él. Eustaquio toma el agua bendita y se la esparce al demonio, pero éste suelta una carcajada y escupe al suelo con desprecio. Eustaquio va a tomar su machete, cuando el jinete lo toma por el cuello de su camisa y lo lanza al piso. Los hombres corren en su ayuda, pero el jinete le lanza el caballo encima para así sortear la multitud y huir. Eustaquio queda rendido en el piso, cuando oye el llanto de la madre de su amada. Julia ha sido poseída.
La señora Sara corre al ver a su hijo malherido y entre varios, lo alzan en brazos y lo llevan hasta su cama. Pero Eustaquio está lleno de ira, más que de dolor y quiere vengar la afrenta hecha a su amada. El Padre Antonio llega y le recuerda que por esta noche, ya el jinete no vendrá más. Habrá que esperar hasta otra luna, para enfrentar al demonio. Así, Eustaquio descansa para reponerse de las heridas infringidas por el caballo y recuperar fuerzas para la batalla final. Es viernes y el sol se oculta. Los hombres todos están concentrados en la plaza, la puertas de la iglesia está abiertas y la última virgen del pueblo se encuentra adentro. Ella misma se ha ofrecido para atraer al maligno a la casa de Dios. Es media noche y hay luna nueva. Los hombres están a la espera del jinete, con machetes y escapularios. De pronto, una brisa helada invade al pueblo. A lo lejos, esta vez en silencio, se ve al jinete en su montura. Corre hacia ellos. Algunos, tiemblan y huyen; pero Eustaquio está firme en su decisión. La bella virgen, vestida de blanco deslumbra al jinete, quien frena ante el aura de esa imagen. Desciende de su montura y camina hacia ella, pero detiene su andar al ver que el recinto es una iglesia. Detrás de él, ya los hombres lo han rodeado y no le impiden el regreso a su montura. El caballo relincha como llamando a su amo; pero éste se encuentra entre la multitud y la virgen. El jinete corre hacia ella y la toma, y presto a salir de la iglesia, es detenido por Eustaquio, quien se escondía detrás de la bella mujer y ahora lo tiene tomado por la negra capa que lo cubre. Con la dama en un brazo y una daga en el otro, el jinete forcejea con Eustaquio. El Padre desde el altar, lanza oraciones al cielo, en un latín que hacía tiempo no se oía. El demonio suelta una carcajada y se alza, dejando ver su rostro. Un rostro opaco, sin mirada. Un rostro de muerto. La joven grita, y Eustaquio queda por un segundo preso del pánico al ver aquellos ojos. Pero no pasa un segundo más, sin que se decida a terminar su faena. Toma el machete en mano, y de un solo tajo corta la cabeza del jinete. La sangre baña las blancas ropas de la joven, quien es consolada por el cura y su madre que recién llega. Eustaquio yace en el suelo, cansado por el esfuerzo de la batalla. Todo el pueblo enmudece cuando al volver hacia el cuerpo del jinete, sólo vemos sus ropas y el sombrero. Afuera, el caballo también ha desaparecido. Todos regresan a sus casas. Al amanecer, las vírgenes del pueblo despiertan, sin recordar nada. La madres les dicen que fue una peste y el secreto del jinete queda como canción nocturna en las frías colinas de Cajuí.

Me gusta el cuento, es ligero, y entretenido, pensé que no sería una versión del jinete sin cabeza... pero me sorprendiste pensando que lo evidente cuando uno no lo espera, te sorprende.
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