
Insistí hasta que al fin cedió. Pero entonces, la siguiente puerta de sólida caoba, se se hizo más pesada. Lancé todo el peso de mi cuerpo contra ella pero no pude moverla ni un milímetro. La golpeé desesperado, no podía creer que estando ya en mis propiedades aún no pudiera tomar posesión de ellas. Golpee primero con los puños, sintiendo apenas mi dolor contra su dureza. Luego lancé contra ella todo mi cuerpo; de seguro era más fuerte mi voluntad que su terquedad, y más era mi deseo de retomar mi lugar que el temor de no saber con qué me encontraría allá adentro. Mis hombros no dolían lanzándose contra el portón, golpeando sin pausa hasta quedar sin aliento. Caí sin fuerzas, preguntándome qué pasaría. Desde el piso, apoyado sobre él, observé el inmenso portón sobre mí. Mirando su oscura madera contra el cielo, un quejido de bisagras podridas resonó, y caí de espaldas: el portón se había abierto. Sin perder tiempo en preguntarme cómo es que había ocurrido, me di vueltas e introduje mi cabeza al interior. Pero no vi nada. La oscuridad allí adentro era absoluta.
Una gasa extendida por la ranura inferior de la puerta, negaba toda presencia de luz en el lugar. Me fijé que el orificio donde intenté insertar antes la llave, estaba tapado también por una gasa que me impidió ver cuando aún estaba afuera. Cuando la halé, un polvillo tejió un haz de luz a lo largo del orificio. Dí tres pasos temerosos hacia el interior de la habitación y vi - hasta dónde alcanzaba a ver – sólo oscuridad. Caminé a tientas; pero tampoco sentía tropezar con ningún objeto. Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, reconocí las paredes unidas al techo haciendo un espacio infinito. Todo era blanco allá adentro, y yo me hallaba como en medio de un universo sin gravedad. Cuando alcancé la ventana inmensa y la abrí y todo el interior se bañó de luz constaté que todo estaba vacío. Pero a mi lado, justo al lado de mi hombro, una larga sombra se extendía casi hasta rozarme. De inmediato me di vuelta. Y allí la encontré. En medio del salón sin muebles, mi mujer sentada en la única silla que era objeto y coprotagonista de este inmenso espacio flotante.
Inge miraba al piso. No la conmovió mi presencia. Permanecía estática semejante a una piedra. Su piel grisácea herida por profundos surcos alrededor de la naríz y en el entrecejo. ¿Cuántos años tendría? ¿treinta? ¿tresmil? Sus cabellos larguísimos, bañaban su rostro en forma de crines de mecate. Asfixiados, bajaban por sus esqueléticos hombros y sus desvalidos brazos, enredados por entre dedos artríticos y uñas retorcidas como garfios. Parecía sin vida. Sobre la joroba de su espalda, caía la cascada gris hasta el piso como alfombra, albergando colonias de insectos y crisálidas dormidas. Un velo otrora blanco, como de novia, cubría su pronunciada naríz aguileña.
Al principio pensé que era una muñeca, y la sola idea me hizo temblar. Pero recordé a mi mujer y me acerqué con cautela, cada pisada estremeciendo el sitio, sonando hueco a cada paso, como si la casa reposara sobre un inmenso estanque vacío.
Me quité los zapatos para seguir sin ruido. Cuando estuve a pocos metros de ella, me senté en el piso a contemplarla. En vista de su inmovilidad, continué acercándome - los crujidos persistieron -. Ya a pocos centímetros, me senté en posición de loto junto a ella y la estuve contemplando detenidamente palmo a palmo. Cómo era posible que su otrora belleza se transformara en eso: una cáscara de nada, un nicho de trastos. Aún dudaba si ella era ella o sólo otra cruel pesadilla de mi imaginación. Y en ese momento uno de sus cabellos bajo el velo - el que caía justo sobre su naríz - se sacudió. Mi corazón se detuvo. Tragué grueso. Me aparte un poco - solo un poco - incrédulo, e inhalé fuerte para reunir de nuevo el valor para volver a acercarme a ella. Cuando estuve a escasos centímetros de su rostro, apoyado sobre mis rodillas, alcé el velo y noté que dentro de sus ojos aún brillaba una luz. Como quien asoma una vela dentro de su casa a medianoche para ver quién llama a la puerta, así mismo parecía que en ella se iluminara algo adentro, dentro de la más absoluta opacidad de sus pupilas.
Cuando de nuevo acerqué mi mano a su rostro para apartar un poco de cabello y poder observarla mejor, noté un levísimo arqueo de sus cejas. Me pareció oir que crujía por dentro; y me acerqué un poco más.
Estando más cerca, noté en un gesto casi imperceptible, que su boca se cerraba dibujando un gesto de profundo dolor al mirarme. Fue cuando su rostro comenzó a deformarse hasta que se volvió intensamente cruel, terrorífico, un terror muy parecido al que sentía al imaginarime morir en el extranjero. Me eché hacia atrás bruscamente sorprendido. Me levanté dispuesto a correr, pero al hacerlo tropecé con mis propios zapatos y caí. De repente, vi sangre brotar por todas las ranuras del piso de madera. Yo intentaba levantarme chapoteando entre charcos, resbalando y cayendo de nuevo contra el suelo sin poder hacerlo. Mis palmas no ayudaban a alzarme, y reptando me desplacé como pude hasta la puerta de salida. Cerca ya del picaporte, a punto de escapar, un impulso me hizo volver la mirada atrás, donde ella.
Vi entonces que Inge se esforzaba con todo su cuerpo por levantarse de la silla e ir hacia donde yo estaba. Parecía querer decirme que no le temiera pero a la vez, yo sentía que me odiaba con toda su exánime alma. Sintiéndose incapaz de vencer la posición de muchos años, en el gesto de cerrar los ojos comprimiéndolos con fuerza, su piel se cuarteaba como un lienzo embebido en cal endurecida, y todo su cuerpo otrora espuma, era hoy un seco pergamino que yo oía fracturarse sin derramar una sola gota de sangre. Aún mantenía su mirada sobre la mía sin desmayarse, los brazos extendidos hacia mí reclamando mi vuelta. Yo intentaba abrir la puerta pero no podía y entonces la ví caer como una piedra y besar el piso. En ese instante, me detuve y arrojé sobre ella olvidando mi miedo. En ese instante, intentando alcanzarla, resbalando y volviendo a caer, me fue imposible no caer también con ella, profundamente adolorido por su dolor. Una vez estando cerca de ella, sintiéndola tan frágil como una mariposa, comencé a gritar sin pausa, avergonzado. Aterrado.
Grité duro, durísimo.
Las cortinas se sacudieron y el polvo dejó la atmósfera densa, neblinosa, llena de puntos que flotaban sin gravedad por toda la habitación. Así dejé de verla. Yo sólo me oí gritar desnudando un miedo antiguo, un terror paralizador que de repente se liberaba de mí y corría enloquecido por toda la casa intentando escapar. A un punto, miré mi propio miedo correr atropellado fuera de mí, dándose contra las paredes como si se hubiese repentinamente desatado, independizado de mi mismo. La criatura huía del padre como si pudiese andar sola, como si ya no fuera absurda emoción extraída de mi particular código psiquiátrico. Ahora mi miedo fuera de mí, huía acorralado, intentando mantenerse a salvo de mí mismo, mirándome del mismo modo como hasta ahora yo había mirado a Inge, mi propia esposa.
Y de repente la sangre cesó de brotar del piso.
La neblina bajó poco a poco, hasta que pude volver a ver a Inge al otro extremo de la casa. Recogida en una esquina, esa mujer con la boca deshabitada de dientes que se abría igual que la mía, gritaba un sonido sordo, dolorosamente inaudible, como de quien ya no sabe pedir auxilio. Su voz descendía bruscamente hasta quedar sólo un hilillo agudo, atormentante, suspendido en las cortinas y en el polvo.
Ella gritaba, y yo gritaba. Los dos, reflejo de un espejo.
Ella veía al vacío hacia un lugar invisible, y yo la veía a ella producto de mi miedo, imbécilmente asustado por ella.
Evoqué todas las noches infantiles plenas de monstruosos fantasmas, y lamenté no poder aferrarme a su cuerpo de nuevo para encontrar mi calma. Recordé todas las trampas que tuve que sortear para llegar aquí, creyéndome héroe, mientras mi heroína permanecía a diario insomne esperándome, tejiendo sus propios recuerdos. Uno a uno desafié cantos de sirena atando mi cuerpo al mástil de su voz, para recordarme que allí, donde ella estuviera, estaría mi patria. Mientras tanto, al fondo, Inge prolongaba su grito, ecos sólo interrumpidos por el sonido profundo de cada inhalación, arrebatando mi oxígeno en cada pausa.
Entonces callé. Desconsoladamente callé. La ví sufriente, llena de amor, agotada de amor, y supe que yo mismo era una trampa. Me sentí despojado, desnudo frente a mi amada, horrorizado por no haber podido reconocerla hasta ahora. Había olvidado en este largo tiempo de ausencia, que el tiempo del viaje es del todo diferente al tiempo de la espera. Había olvidado todo lo que esperé volver a verla. Entendí que no pude llegar así, mucho menos si creí amarla. Uno no puede llegar así a la vida de nadie, echando abajo sólidas fortalezas que pudieron mantener por tanto tiempo a salvo un corazón vulnerable. Nadie - príncipe o psicoanalista - puede penetrar así en ningún templo, sin ritual ni sacrificio, creyendo liberar un alma que jamás lo ha requerido.
¿Cómo disculparme esta vez? ¿qué inmenso egoísmo me había obligado hacerla jurar que esperaría por mí eternamente hasta quedar sin huellas, siendo apenas una sombra de sí misma?
Callaba mientras ella arrebataba mi oxígeno. Y mi silencio era torpe de nuevo.
Frente a Inge, frente a su tristeza sin fondo, mi dolor era ínfimo; apenas el de un vulgar invasor. Por eso, después de tanto tiempo, lamentaba profundamente mi estúpida intrusión.

Al leer tu cuento, recordé a tantas mujeres de mi pueblo, que una vez que amaron a alguien empezaron a dar y dar y dar de sí hasta tal punto que se olvidaron de ellas mismas quedándose sin alma. Sin embargo, lo bueno del cuento es que por fin Ulises pudo darse cuenta aunque sea al final, dónde estaba su alma perdida.
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